|

“Salieron de las tierras de sus nacimientos chicos y grandes, viejos y niños, a pie y caballeros en asnos y otras bestias, y en carretas, y continuaron sus viajes cada uno a los puertos que habían de ir; e iban por los caminos y campos por donde iban, con muchos trabajos y fortunas, unos cayendo, otros levantando, otros muriendo, otros naciendo, otros enfermando, que no había cristiano que no hubiese dolor dellos, y siempre por do iban los convidaban al bautismo, y algunos con la cuita se convertían y quedaban, pero muy pocos, y los rabíes los iban esforzando y hacían cantar a las muleres y mancebos y tañer panderos y adufos para alegrar a la gente, y así salieron de Castilla ...”
Andrés Bernáldez Crónica de los Reyes Católicos
===================== Así relató el cronista una parte del penoso espectáculo que los judíos españoles tuvieron que protagonizar obligados por el fatídico decreto de 1492, que los forzó, con un plazo de tres meses, a elegir entre quedarse como cristianos o abandonar las tierras de España como judíos. Y si alguna vez la música que nace de un pueblo ha tenido sentido fue en esos momentos en que los rabinos, conscientes de como los ánimos y los cuerpos flaqueaban, exhortaban a las mujeres y a los más jóvenes a cantar y a retumbar los panderos. Sólo la música fue capaz de consolarlos y mantenerlos firmes.
Buscaron nuevas tierras donde poder vivir en paz y las hallaron en los Países Bajos, en el Magreb y en los territorios que en aquel entonces pertenecían al imperio otomano (Turquía, los Balcanes, Palestina). De Marruecos, de Turquía y de algunos países balcánicos, especialmente Grecia, es de donde precisamente ha surgido la mayoría de la música que conocemos como sefardí. Si bien sus raíces están en la edad media, no por eso podemos hablar de música medieval judía. La capacidad de hispanojudaizar todo lo que les rodeaba también alcanzó al estilo, repertorio y modos de hacer música. Así, normalmente, se habla de dos tradiciones diferentes (aunque también compartan muchos elementos comunes): la marroquí u occidental y la oriental o levantina (Balcanes y Turquía). La primera de ellas mantiene gran proximidad con la península aunque la influencia árabe también es muy clara, y la segunda ha recogido de los pueblos que la rodeaban ritmos como el 7/8 o el 9/8 tan típicos de la música balcánica, además, por supuesto, del marcado carácter melismático en el canto.
Como ocurre con cualquier música tradicional, ésta cumplía una función social, que en el caso sefardí está unida al ciclo de la vida y al ciclo anual. Además de otras clasificaciones como la estructura poético-musical o el tema de los textos, el repertorio sefardí suele dividirse en tres géneros: los romances, las coplas y la lírica. Y no estaría de más señalar el papel protagonista que la mujer tiene en su interpretación.
De los temas relacionados con el ciclo de la vida nos encontramos con temas relacionados con el nacimiento (“canticas de parida”), canciones infantiles o cantos para la celebración del Bar Mitzvá
Uno de los repertorios más ricos es el de canciones relacionadas con la boda, el acontecimiento social por excelencia entre los judíos; desde el ajuar y el vestido de la novia, al baño ritual que unos días antes debe realizar la futura esposa o la propia ceremonia matrimonial, todo ha sido musicado y poetizado en numerosísimas composiciones. Y también hay, como no, temas referentes a la muerte (oínas o endechas).
En cuanto al repertorio del ciclo anual, aunque también hay romances y canciones líricas, la mayoría de los temas pertenecen al género de las coplas. Así, nos encontramos con las de Purim (una de las fiestas más queridas por los sefardíes e incluso por los conversos que se quedaron en la península) y que recuerda la salvación del pueblo judío del malvado Hamán por parte de la reina Esther y cuya celebración tiene cierta semejanza con los carnavales cristianos; también hay temas para la Pascua (Pesah), para la fiesta de Pentecostés (Savu’ot), o para el Tis’a be’av, y, por supuesto, para el sábado (Sabat), el día más santo de la semana
Respecto a la lengua, uno de los tópicos más habituales es decir que el judeo-español es el castellano del siglo XV, lo que significaría suponer que las lenguas son fósiles momificados capaces de permanecer invariables durante siglos. Esto no ha ocurrido jamás con ninguna lengua viva y el judeo-español no es una excepción; esto no quiere decir que, efectivamente, la lengua de los sefardíes no posea numerosos rasgos arcaizantes, pero la evolución propia de cualquier lengua, junto a la enorme influencia de lenguas vecinas como el turco, el griego o el árabe –además del hebreo, por supuesto- han hecho de ella una lengua propia con rasgos claramente diferenciados. Desgraciadamente, la lengua judeo-española- y es triste reconocerlo- está a punto de desaparecer; y sin embargo, hace poco más de sesenta años, cualquier viajero que pasease por las calles de Salónica hubiera podido escuchar como sus habitantes hablaban en una lengua que cualquiera de nosotros hubiera podido entender. |